sábado, 7 de mayo de 2011

OBSERVA DETENIDAMENTE EL VIDEO SOBRE EL MITO DEL MINOTAURO

REDACTAR UN INFORME COMPARATIVO ENTRE DOS TEXTOS.

Estimados alumnos (as):
     Les entrego  nuevas actividades a desarrollar con dos textos: "El laberinto, el Minotauro y Ariadna" y "La casa de Asterión". Las actividades a desarrollar son las siguientes:
1. Lee atentamente cada uno de los textos.
2. Realiza el vocabulario correspondiente con aquellas palabras que desconozcas.
3. Realiza un cuadro comparativo con los textos, considerando:
- Narrador.
- Personajes y sus características.
- Mundo representado (¿cómo es?)
- Contexto de producción de las obras.
- ¿Cómo se ha actualizado el mito en el relato de Borges?
- Reflexión sobre la manera en que "La casa de Asterión" reformula el mito del minotauro.
   El informe puede ser desarrollado en forma grupal, con un máximo de cuatro integrantes. El plazo de entrega es de dos semanas.
     ¡Mucho éxito y  manos a la obra!

COMPARACION ENTRE DOS TEXTOS: "EL LABERINTO, EL MINOTAURO Y ARIADNA" (LIBRO VIII DE LA METAMORFOSIS DE OVIDIO) Y "LA CASA DE ASTERION" (JORGE LUIS BORGES)



OVIDIO - METAMORFOSIS


Libro Octavo


El laberinto, el Minotauro y Ariadna


Había crecido el oprobio de su generación, y vergonzoso se manifestaba


De esa madre el adulterio por la novedad del monstruo biforme.


Decide Minos este pudor de su tálamo suprimir


y en una múltiple casa y ciegos techos encerrarle.


Dédalo, por su talento del fabril arte celebradísimo,


pone la obra, y conturba las señales y a las luces con el torcido


rodeo de sus variadas vías conduce a error.


No de otro modo que el frigio Meandro en las límpidas ondas


juega y con su ambiguo caer refluye y fluye


y corriendo a su encuentro mira las ondas que han de venir


y ahora hacia sus manantiales, ahora hacia el mar abierto vuelto,


sus inciertas aguas fatiga: así Dédalo llena,


innumerables de error, sus vías, y apenas él regresar


al umbral pudo: tanta es la falacia de ese techo.


En el cual, después que la geminada figura de toro y joven


encerró y al monstruo, con actea sangre dos veces pastado,


el tercer sorteo lo dominó, repetido a los novenos años,


y cuando con ayuda virgínea fue encontrada, no reiterada


por ninguno de los anteriores, esa puerta difícil con el hilo recogido,


al punto el Egida, raptada la Minoide, a Día


velas dio, y a la acompañante suya, cruel, en aquel


litoral abandonó. A ella, abandonada y de muchas cosas lamentándose,


sus abrazos y su ayuda Líber le ofreció, y para que por una perenne


estrella clara fuera, cogida de su frente su corona,


la envió al cielo. Vuela ella por las tenues auras


y mientras vuela sus gemas se tornan en nítidos fuegos


y se detienen en un lugar –el aspecto permaneciendo de corona–,


que medio del que se apoya en su rodilla está, y del que la sierpe tiene.

La casa de Asterión
[Cuento. Texto completo]
Jorge Luis Borges
Y la reina dio a luz un hijo que se llamó Asterión.
Apolodoro: Biblioteca, III,I
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito)1 están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo; aunque mi modestia lo quiera.
El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.
Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca. A veces me equivoco y nos reímos buenamente los dos.
No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol; abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.
Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto. ¿Será un toro o un hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?
El Sol de la mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de sangre.
-¿Lo creerás, Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.
FIN
1. El original dice catorce, pero sobran motivos para inferir que en boca de Asterión, ese adjetivo numeral vale por infinitos.

martes, 5 de abril de 2011

REDACTAR UN INFORME.

Estimados estudiantes:
     Imagino que ya leyeron los cuentos. Ahora deberán redactar un informe de lectura que realizarán en grupo de cuatro estudiantes.
     Las instrucciones y formas de elaborar su informe está señalado en el  Libro del estudiante de Lenguaje Primero Medio, en las páginas 46 y 47, además deben agregar en ese informe los elementos de la narración.
   ¡Suerte! y ¡manos a la obra!.
     

miércoles, 30 de marzo de 2011

ACTIVIDADES A REALIZAR CON LOS CUENTOS.

1. Lee atentamente cada cuento.
2. Define aquellas palabras que no sepas su significado.
3. Identifica los elementos de la narración: narrador, personajes, tiempo, espacio y tema.
4. Escribe un comentario sobre los cuentos leídos.

CUENTO "CARNE QUEMADA" DE ROSA MONTERO (ESPAÑOLA)


La encontraba bien, incluso muy bien. Mejor que cuando estaban juntos. Se había puesto
lentillas. ¿Por qué demonios no usó lentillas antes, mientras vivieron juntos? Entonces
llevaba unas gafas redondas, gafitas de progre, que le sentaban bastante mal. Ahora Luisa
le estaba contemplando minuciosa y desapasionadamente con sus bonitos ojos, esos ojos
que tan bien se le veían gracias a las lentes de contacto.
—Estás igual— dijo al fin la mujer, dando por terminado el escrutinio. Y su tono frío y un poco
desdeñoso, daba a entender otro mensaje: no estás igual, pero te has ido deteriorando en
la manera que yo había previsto.
Andrés suspiró.
—Tú, por el contrario, has cambiado. Estás muy guapa.
—O sea, que antes, cuando estábamos juntos, me encontrabas horrible— respondió Luisa
con una crueldad innecesaria. Porque ella sabía bien que no fue así.
—Mujer, cómo eres...— se quejó él, sintiéndose torpe y demasiado pánfilo. Nunca había
sabido mantenerse a la altura de las bromas ácidas de Luisa.
La cafetería empezaba a llenarse con los empleados de las oficinas cercanas, vociferantes
grupos en busca del plato combinado del almuerzo. Tras la barra, los cuatro camareros
se afanaban con gesto tenso y preocupado: parecían soldados dispuestos a defender su
precaria posición ante el inminente asalto de una horda de enemigos hambrientos. Con el
barullo, los camareros debían de haber olvidado un filete que habían puesto en la parrilla: la
carne humeaba malamente y había empezado a arder por un costado.
—¿Cómo dices?— preguntó Andrés, elevando la voz por encima del ruido.
—Que puedes seguir quedándote con el apartamento. No hace falta que cambiemos el
contrato a tu nombre, porque te subirían la renta. Y también te puedes quedar con la nevera,
y con la tele, y con el video. Yo no lo necesito.
Claro que no lo necesitaba. Para eso tenía la casa, y la nevera, y la tele, y el video, y la cama,
y los brazos del otro. Y encima Luisa se creería que él le iba a dar las gracias. Le engañaba
y le abandonaba como a un perro y encima pretendía que él le diera las gracias por cederle
la mitad conyugal de un video viejo.
Gracias—dijo Andrés.
—No hay de qué, es lo lógico—contestó ella, repentinamente animada y con expresión
alegre.
Tan alegre que hacía daño mirarla. Andrés volvió el rostro. Al otro lado de la barra, el pedazo
de carne ardía ya abiertamente con grandes y chisporroteantes llamaradas.
—Mira, no se han dado cuenta y se les está abrasando ese filete—dijo Andrés con una
sonrisa. Le aliviaba haber encontrado una razón por la que sonreír.
Entonces vieron cómo se acercaba un camarero a la parrilla, cómo retiraba el llameante
pedazo de carne a un lado, cómo extinguía el incendio con unos cuantos golpes hábilmente
propinados con la paleta.
Luego sirvió el carbón en un plato con lechuga y patatas fritas, salió del mostrador, atravesó
el local en derechura hacia ellos y depositó el plato delante de Andrés. Era la hamburguesa
que él había pedido.
—Pues sí que... —farfulló éste.
Pero el camarero ya se había ido, reclamado por la avalancha de clientes. Andrés escudriñó
el plato con atención: La hamburguesa, achicharrada y consumida, parecía un pedazo de
antracita. Alzó el rostro: desde el otro lado de la mesa, Luisa le contemplaba con ojos de
hielo. Andrés carraspeó, cogió el tenedor, cortó un pedacito de la bola negra.
En el corazón de la hamburguesa se podía ver aún un pequeño residuo de carne rosa.
—Pues mira, no está mal— dijo Andrés, masticando vigorosamente la dura corteza
churruscada.
—No me puedo creer que te vayas a comer esa porquería... —exclamó ella
—De verdad que no está mal. Lo quemado le da un sabor así como... ¿Quieres probarlo?
Luisa sacudió la cabeza con expresión de asco. Y le miraba, oh, sí, cómo le miraba. Le
contemplaba con ese gesto suyo de desdén y censura. Andrés continuó engullendo la
hamburguesa con el mismo talante suicida con que se tomaría un frasco de barbitúricos.
—Sigues igual...—Luisa; y se entendía que quería decir: estas aún peor. —Sigues igual...
¿Por qué no has devuelto esa cosa? ¿Por qué te resignas y te la tomas? Así te va en la
vida...
Y quería decir: así fracasaste, así me perdiste, así me metiste en la cama de otro. Pero no era
verdad. Se metió ella sola. Antes, cuando vivían juntos, Luisa se arreglaba mucho menos. Y
nunca pensó en ponerse lentillas. Se ve que no se sentía en la necesidad de conquistarle.
—¿Y cómo me va en la vida? Estoy estupendamente —se irritó Andrés.
Por un instante pareció que Luisa se disponía a contestarle; pero luego la mujer se recostó
en el respaldo y cerró los ojos con gesto cansado.
Cuando volvió a abrirlos su mirada era triste, casi dulce. Esto era aún peor.
—Si, tienes razón. Perdona, Andrés. Perdona. Es mi manía de ordenarle la vida a todo
el mundo. Bueno, me parece que tengo que irme. Te llamaré cuando me diga algo el
abogado.
En un instante había recogido sus cigarrillos, su encendedor, su bolso, y ya estaba de pie.
Siempre fue muy rápida. Andrés también se puso de pie y la besó con torpeza en ambas
mejillas. Unos besos ligeros, rutinarios: a fin de cuentas, él estaba incluido ahora, para ella,
en la ingente categoría de “todo el mundo”.
—Hasta pronto
La vio alejarse hacia la puerta con su taconeo rápido y airoso. Un par de ejecutivos se
volvieron para contemplarla. Cuando vivían juntos, pensó Andrés, no se arreglaba tanto.
Llevaba el pelo de otro modo, y las gafas de progre. Cuando vivían juntos estaba más fea.
Pero, aún así, tuvo que confesarse Andrés mientras roía la última corteza carbonizada de la
hamburguesa, aún así, la había amado.

CUENTO "ESQUINA PELIGROSA" DE MARCO DENEVI


                
  El señor Epidídimus, el magnate de las finanzas, uno de los hombres más ricos del mundo, sintió un día el vehemente deseo de visitar el barrio donde había vivido cuando era niño y trabajaba como dependiente de almacén.   
    Le ordenó a su chofer que lo condujese hasta aquel barrio humilde y remoto. Pero el barrio estaba tan cambiado que el señor Epidídimus no lo reconoció. En lugar de calles de tierra había bulevares asfaltados, y las míseras casitas de antaño habían sido reemplazadas por torres de departamentos. 
    Al doblar una esquina vio el almacén, el mismo viejo y sombró almacén donde él había trabajado como dependiente cuando tenía doce años.
    -Deténgase aquí. -le dijo al chofer. Descendió del automóvil y entró en el almacén. Todo se conservaba igual que en la época de su infancia: las estanterías, la anticuada caja registradora, la balanza de pesas y, alrededor, el mudo asedio de la mercadería. 
    El señor Epidídimus percibió el mismo olor de sesenta años atrás: un olor picante y agridulce a jabón amarillo, a aserrín húmedo, a vinagre, a aceitunas, a acaroína. El recuerdo de su niñez lo puso nostálgico. Se le humedecieron los ojos. Le pareció que retrocedía en el tiempo.
    Desde la penumbra del fondo le llegó la voz ruda del patrón:
    -¿Estas son horas de venir? Te quedaste dormido, como siempre.
    El señor Epidídimus tomó la canasta de mimbre, fue llenándola con paquetes de azúcar, de yerba y de fideos, con frascos de mermelada y botellas de lavandina, y salió a hacer el reparto. 
     La noche anterior había llovido y las calles de tierra estaban convertidas en un lodazal.